
Casi 6 de cada 10 periodistas conoce a una colega víctima de ciberacoso
30 de abril de 2025
Señales de alerta de que sufres violencia de género
7 de mayo de 2025Para muchas madres migrantes, el Día de la Madre es una fecha que las hace experimentar sentimientos encontrados. Mientras en España se celebra con comidas familiares y regalos, miles de mujeres latinoamericanas, o de otras partes del mundo, viven esta conmemoración desde la distancia, separadas por miles de kilómetros de sus hijos e hijas que quedaron en sus países de origen.
Para estas mujeres el mayor obstáculo no es el trabajo duro ni la discriminación que a veces enfrentan; lo más difícil es preguntarse cada día cuándo volverán a abrazar a sus criaturas.
Una difícil decisión
Forzadas por contextos hostiles, las razones que llevan a estas madres a migrar son múltiples, entre ellas, los diversos tipos de violencia que padecen en sus países de origen y la falta de oportunidades laborales, situaciones complejas que las empujan a tomar la difícil decisión de separarse temporalmente de sus criaturas con la esperanza de que el sacrificio durará poco. Pero en la mayoría de los casos el alejamiento físico entre la madre migrante y su descendencia se extiende por años.
La mayoría de la madres migrantes tienen como objetivo la pronta reagrupación familiar, un proceso largo y burocráticamente complejo. Los requisitos de residencia legal, ingresos estables y vivienda adecuada pueden demorar años en cumplirse, prolongando una separación inicialmente pensada como temporal.
Maternidad transnacional: nuevas formas de cuidar
Las madres migrantes han tenido que reinventar la forma de ejercer la maternidad, desarrollando estrategias para mantener la presencia en la vida cotidiana de sus hijos e hijas, enviando regalos, participando virtualmente en eventos familiares y escolares y manteniendo una comunicación constante con ellos.
Las videollamadas se han convertido en el cordón umbilical que mantiene el vínculo; el Whatsapp, un medio para la crianza a distancia. Porque la distancia física no significa necesariamente distancia emocional.
A estas nuevas formas de ejercer la función materna la investigación académica la denomina “maternidad transnacional”, y para que se produzca son imprescindibles las “cadenas globales de cuidado”, es decir, la red de apoyo familiar, normalmente formada por abuelas y tías, quienes asumen unos cuidados compartidos, beneficiándose de los envíos de dinero que la madre migrante logra consignar.
Mujer, madre y migrante: experiencia ambivalente
Las remesas que envían representan no solo sustento económico, sino también una forma tangible de mantener el rol maternal a pesar de la distancia. Sin embargo, el costo emocional para ellas es alto: pierden momentos irrecuperables del crecimiento de sus criaturas.
Para la madre migrante se trata de una experiencia ambivalente: por un lado, la culpa por haber dejado atrás a sus hijos e hijas, a pesar de saber que están recibiendo los cuidados de la familia; por otra parte, el orgullo de estar siendo capaces de adaptarse a una nueva sociedad, ganarse la vida con un trabajo digno y enviar dinero a sus casas para que a sus criaturas no les falte de nada, hasta que puedan reunirse de nuevo.
Para las infancias que permanecen en el país de origen el impacto psicológico dependerá de múltiples factores: los cuidados que reciban por parte de la persona o personas encargadas, la calidad del vínculo con la madre, la situación socioeconómica, la red de apoyo más allá de la familia, la etapa del desarrollo en el momento de partida de la madre, el rol que juegue el padre, etc.
El estigma social de las madres migrantes
A la separación física se suma el estigma social. Mientras que la valoración social de los hombres que se alejan físicamente de sus familias por motivos laborales es positiva, pues es lo que se espera de ellos, según los estereotipos de género que asocian a la figura paterna con el rol de proveedor, una vara de medir muy distinta se aplica a las mujeres.
Cuando son las madres las que se marchan lejos de casa buscando el sustento familiar, a menudo la valoración social que se hace de ellas es negativa, representándolas como “madres desnaturalizadas” o «malas madres», desconociendo el inmenso sacrificio que realizan.
Para las madres migrantes, en cambio, la motivación está muy clara: lo hacen por amor, para que sus hijos tengan las oportunidades que ellas no tuvieron.
En los países de acogida, su dolor permanece invisible para una sociedad que las ve principalmente como trabajadoras, no como madres, muchas de ellas empleadas en el servicio doméstico, encontrándose con la paradoja de no poder criar a sus propios hijos, mientras crían a los hijos de otras personas.
En este Día de la Madre, mientras celebramos la maternidad en todas sus formas, recordemos también a estas madres cuyo amor se demuestra precisamente en la dolorosa decisión de separarse de lo que más quieren para ofrecer un mejor futuro a sus criaturas. Su sacrificio silencioso y la capacidad para reinventar la maternidad a través de las fronteras merecen nuestro reconocimiento y respeto.


