
Hombres: aliados de las mujeres migrantes y en contra de la violencia
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2 de julio de 2025La interseccionalidad es una herramienta clave para entender cómo distintas formas de discriminación —por género, origen, etnia, clase social, orientación sexual, estatus migratorio, religión, entre otras— se entrecruzan, agravando la situación de vulnerabilidad de muchas mujeres.
Cuando hablamos de violencia hacia las mujeres, es fundamental reconocer que no todas viven las mismas experiencias ni enfrentan las mismas barreras. En particular, las mujeres migrantes se encuentran frecuentemente en una encrucijada de desigualdades que las expone a riesgos múltiples y persistentes.
¿Qué es la interseccionalidad?
El concepto de interseccionalidad fue desarrollado por la abogada y académica afroestadounidense Kimberlé Crenshaw, a finales de los años 80. Crenshaw llamó la atención sobre cómo las mujeres negras enfrentaban discriminaciones que les eran propias y que no estaban siendo comprendidas ni por el movimiento a favor de la igualdad entre hombres y mujeres ni por el movimiento antirracista. La interseccionalidad, desde entonces, se ha convertido en una herramienta esencial para analizar cómo distintas formas de opresión se cruzan en la vida de una persona.
Aplicada a la realidad migratoria, la interseccionalidad permite ver que una mujer migrante no solo puede sufrir violencia por ser mujer, sino también por ser extranjera, por el color de piel, por no hablar el idioma del país de acogida, por ser pobre o por pertenecer a una minoría étnica o religiosa. Es en esa superposición de factores donde se amplifican las injusticias.
Violencia en el origen, violencia en el destino
Muchas mujeres migrantes ya han vivido situaciones de violencia en sus países de origen: violencia intrafamiliar, mutilación genital femenina, matrimonio forzado, discriminación económica y social, violencia sexual o persecución política. Para muchas, migrar es una forma de buscar seguridad. Sin embargo, el trayecto migratorio y el país de destino no siempre garantizan la protección esperada.
Durante el viaje, las mujeres están expuestas al acoso, la trata, las agresiones sexuales y la explotación por parte de traficantes o incluso de quienes prometen ayudarlas. Al llegar a su destino, enfrentan nuevas barreras: trámites complejos, miedo a ser deportadas, discriminación en el trabajo, dificultad para acceder a servicios de salud, educación o justicia. Todo ello las coloca en una situación de profunda vulnerabilidad.
Cuando las leyes no son suficientes
Aunque existen marcos legales internacionales y locales que protegen los derechos de las personas migrantes y de las mujeres, la aplicación de estos derechos es muchas veces limitada, fragmentaria o inaccesible. Por ejemplo, una mujer sin documentos puede tener derecho a denunciar una situación de violencia, pero en la práctica no lo hace por temor a ser detenida o deportada.
Además, muchas veces los servicios de atención no están adaptados a su realidad: no hay traductores, no se reconocen sus documentos, no se toma en cuenta su experiencia migratoria. Esto genera una revictimización que desanima la búsqueda de ayuda.
Violencias invisibles y normalizadas
La interseccionalidad también ayuda a visibilizar formas de violencia más sutiles, pero igual de dañinas. Por ejemplo, la infantilización de mujeres migrantes que trabajan en el hogar, el racismo cotidiano en el transporte público, la invisibilización en campañas de prevención de violencia de género, o la sobrecarga de tareas de cuidado sin ningún tipo de reconocimiento o protección laboral.
Estas violencias, al no ser reconocidas como tales, se normalizan. Y al ser normalizadas, se perpetúan. Por eso es esencial incorporar una mirada interseccional en el diseño de políticas públicas, servicios de atención y estrategias de prevención.
Hacia una respuesta interseccional
Para atender de manera adecuada las necesidades de las mujeres migrantes es indispensable adoptar un enfoque interseccional en todos los niveles. Esto implica:
- Escuchar activamente sus voces y experiencias.
- Promover su participación real en la toma de decisiones que las afectan.
- Formar al personal de atención en diversidad cultural, género y derechos humanos.
- Adaptar los servicios (traducción, accesibilidad, horarios, canales de información).
- Eliminar las barreras legales y sociales que impiden su acceso a justicia, salud, empleo y educación.
Organizaciones como ONG Rescate y muchas otras trabajan precisamente para que estas mujeres puedan ejercer plenamente sus derechos, sin temor y con dignidad. Pero esta tarea no es solo de las organizaciones especializadas. Requiere la acción conjunta de instituciones públicas, comunidades de acogida y de todas las personas que integran la sociedad.
Conclusión: reconocer para transformar
La interseccionalidad no es solo un marco teórico. Es una invitación a mirar con más profundidad, a no conformarnos con explicaciones simples frente a realidades complejas. Reconocer la múltiple vulnerabilidad de las mujeres migrantes no es victimizar, sino visibilizar. Y visibilizar es el primer paso para transformar.
Como sociedad tenemos el deber ético de construir entornos seguros, justos e incluyentes, donde ninguna mujer migrante sea ignorada, silenciada o dejada atrás. Solo desde esa mirada integral, humana e interseccional, será posible avanzar hacia un futuro sin violencia.


