
Mujeres que migran con su agresor: la larga cadena de la violencia de género
21 de noviembre de 2025
Violencia vicaria: la mujer, en la diana, y el daño a la infancia
30 de noviembre de 2025Todas las personas viajan en algún momento de su vida. Ya sea por placer, negocios o en busca de una nueva vida. Cuando el pasaporte es de una nacionalidad europea—como la española—se abren las puertas de la mayoría de los países del mundo. Pero, cuando ese documento no pertenece al espacio Schengen ni al Vejo Continente, la historia cambia drásticamente.
Visados, permisos, trámites e incluso el simple acto de poner la mano sobre un escáner de huellas digitales pueden marcar el futuro de muchas mujeres migrantes que huyen de la violencia de género. A partir de ese instante, su destino queda vinculado a un sistema que, en muchos casos, desconocían por completo: el Reglamento de Dublín.
Sobre el papel se presenta como una norma administrativa de la Unión Europea (UE). Sin embargo, en la práctica, puede actuar como un mecanismo de violencia institucional que vulnera sus derechos más básicos.
¿Qué es el Reglamento de Dublín?
El Reglamento de Dublín III es una ley vigente en la UE que establece qué Estado miembro debe asumir la responsabilidad de examinar una solicitud de asilo o protección internacional. En la mayoría de los casos, se toma como referencia el país de primera entrada al territorio europeo o el país que haya emitido un visado válido.
Una vez que una persona solicita asilo y se le toman las huellas dactilares, esta información se almacena en la base de datos Eurodac. A partir de ese momento, el país donde se presenta la solicitud se convierte, legalmente, en “responsable” del proceso. Otros países pueden entonces rechazar nuevas solicitudes y exigir el retorno de la persona solicitante al país donde inicialmente ingresó.
Aunque el objetivo declarado de esta norma es evitar solicitudes múltiples y repartir de forma equitativa la responsabilidad entre los Estados, el enfoque actual ignora completamente el contexto de género y las vivencias específicas de mujeres que escapan de la violencia estructural, persecución o trata.
Cuando una norma también perpetúa violencia
Al hablar de violencia de género, es crucial considerar que muchas mujeres migrantes la sufren en múltiples fases: en el país de origen, durante el tránsito migratorio y en los países de destino. A pesar de sus esfuerzos por alcanzar un lugar seguro, las políticas migratorias europeas no siempre priorizan su seguridad.
Por ejemplo, muchas mujeres procedentes de África occidental buscan llegar a Francia. Sin embargo, por razones geográficas, hacen escala en España, especialmente en las Islas Canarias. Aun cuando su destino final está claro, al solicitar asilo en otro país de la UE, sus huellas ya figuran en los sistemas de control del primer país. Bajo el Reglamento de Dublín, ese primer país se convierte automáticamente en el responsable, lo cual puede derivar en su devolución forzada, incluso si allí enfrentaron racismo, violencia institucional o precariedad extrema.
Derechos humanos y una mirada con enfoque de género
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha señalado en diversas ocasiones que las devoluciones automáticas bajo el Reglamento Dublín pueden violar derechos fundamentales. Esto ocurre, especialmente, cuando los países de retorno no garantizan condiciones humanas de acogida para personas vulnerables como mujeres, niñas, víctimas de trata o personas LGTBIQ+.
El análisis de estos casos desde una perspectiva de género demuestra que el enfoque mecanicista del reglamento no contempla los riesgos específicos que enfrentan las mujeres. La aplicación sin evaluación individualizada puede exponerlas nuevamente a sus agresores o a redes de trata, perpetuando ciclos de violencia que el propio sistema debería evitar.
Organismos internacionales como el Comité CEDAW, ACNUR, ONU Mujeres y el Parlamento Europeo han denunciado repetidamente la falta de procedimientos sensibles al trauma y al género en la aplicación del Dublín III. Además, destacan que las mujeres refugiadas están especialmente expuestas a violencia sexual, explotación, abusos y marginación tanto en centros de acogida como en procesos burocráticos.
Efectos reales del Reglamento de Dublín en las mujeres migrantes
En la vida de las mujeres migrantes, el Reglamento de Dublín se traduce, a menudo, en experiencias de revictimización y miedo. Estos son algunos de sus efectos más preocupantes:
-
Devoluciones a entornos inseguros: Muchas mujeres son obligadas a regresar a países donde no existen recursos especializados en atención a víctimas de violencia de género, o donde incluso han sufrido violencia previa en centros de acogida.
-
Ruptura de redes de apoyo: Si una mujer ha establecido vínculos afectivos o familiares en un segundo país, ser forzada a retornar implica perder su sistema de contención, tener que revivir traumas y, en muchos casos, quedarse completamente sola.
-
Miedo a pedir ayuda: El temor a ser devueltas hace que muchas mujeres migrantes eviten denunciar abusos o formalizar sus solicitudes de protección internacional, perpetuando el silencio y la invisibilidad.
¿Qué cambios son necesarios en el Reglamento de Dublín?
Denunciar el Reglamento de Dublín como una herramienta que reproduce violencia institucional hacia las mujeres no es un simple acto simbólico. Es un llamado urgente a transformar el enfoque de protección internacional en Europa.
Los sistemas de asilo deben poner la seguridad y dignidad de las mujeres en el centro de sus decisiones. No basta con aplicar procedimientos automáticos. Es necesario evaluar cada caso, teniendo en cuenta la historia personal, las redes de apoyo, la situación de riesgo y la necesidad de recursos especializados.
Ninguna mujer debería ser devuelta a lugares donde su vida, integridad o libertad estén en peligro. Es fundamental contar con entrevistas confidenciales, personal capacitado en perspectiva de género y acceso a traductoras e intérpretes que entiendan la sensibilidad de cada situación.
Manos que sostienen el cambio
En los caminos migratorios, hay muchas manos. Algunas marcan huellas digitales, firman órdenes de traslado o sellan documentos con frialdad burocrática.
Pero también las hay que sostienen, acompañan y defienden. Las de las abogadas que impugnan devoluciones injustas; las de las organizaciones que exigen acogidas dignas y adaptadas a las necesidades de mujeres y menores; las de las redes de apoyo que escuchan sin juzgar o las de activistas que denuncian el racismo estructural y la falta de recursos.
Y están, sobre todo, las manos de las propias mujeres migrantes. Las que se organizan, se fortalecen unas a otras, y siguen exigiendo algo tan esencial como vivir libres de violencia, también cuando cruzan una frontera.
Desde No Más Violencia, seguir nombrando esta realidad es una forma de resistencia. Significa reconocer que el sufrimiento institucional no es inevitable y que existen caminos hacia sistemas de asilo más humanos, sensibles y justos.


