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Dormir bajo techo, a cualquier precio
Dormir en la calle es muy violento, sobre todo para ellas. Con tal de evitar el duro cemento, muchas mujeres aguantan otro tipo de violencias: habitaciones realquiladas, casas ocupadas, explotación laboral o sexual, abusos verbales y físicos a cambio de un techo o quedarse en una relación de maltrato para así no tener que dormir al raso, informa un estudio realizado por la Fundació Intermedia y la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).
El informe recoge entrevistas con cinco mujeres migrantes que han vivido distintas formas de sinhogarismo, siempre invisibles. Una de ellas relata que, al intentar encontrar una alternativa habitacional, acabó siendo okupa sin saberlo, ya que ella pagaba religiosamente su alquiler. Todas conocen a alguien que ha sobrevivido a situaciones de violencia de género porque no tenían otra elección o que han aceptado trabajar como internas, con la carga que eso implica, para asegurarse un lugar donde dormir.
A todo se le suma el miedo a ser deportadas. Por eso, muchas buscan un trabajo “más seguro”, el trabajo doméstico o el cuidado de personas mayores. Pero, esa aparente estabilidad se traduce en un confinamiento entre cuatro paredes, con una interacción mínima, que las vuelve invisibles para la sociedad.
Feminización y sinhogarismo
La proporción de mujeres en situación de calle ha aumentado del 19,7% en 2012 al 23,3% en 2022, según el Observatorio del Alquiler. Assís también documentó una tendencia muy clara. Por un lado, la cronificación de la situación para las que son más mayores y tienen origen español. Por otro, mujeres más jóvenes, migradas, con estudios y que viven exclusión residencial más que no tener acceso a un techo como tal.
En cuanto a las causas autopercibidas por las atendidas por la entidad catalana, la mayoría (un 43%) declaró ser víctima de violencia de género. El 38% sufrió la pérdida de un familiar que les brindaba apoyo económico (38%). Un 26% lo achacó a las dificultades derivadas de la experiencia migratoria. En 2019 tres de cada cuatro personas en la ciudad de Barcelona eran personas de origen extranjero, haciendo aún más palpable la vulnerabilidad en la que se encuentran, según recogió el Institut Metropoli.
El hecho de ser migrante no es lo que genera el sinhogarismo, subraya el estudio conjunto de la UAB y la Fundació Intermedia. Lo determinante son las violencias institucionales y sistémicas. Las leyes de extranjería empujan a muchas mujeres a la irregularidad administrativa, lo que limita su acceso a empleos dignos y a la vivienda. Carmela —nombre ficticio para preservar su intimidad— cuenta que desde que llegó a España ha vivido en pisos con “hasta nueve personas”, pagando alquileres desproporcionados.
La vergüenza de no tener un hogar
Además de las dificultades materiales, las mujeres en situación de sinhogarismo cargan con un fuerte estigma social. La idea de que “su lugar” debería estar en el hogar, vinculadas al cuidado y a la estabilidad familiar, las coloca bajo una mirada especialmente dura cuando esa expectativa no se cumple.
La sociedad les ha asignado históricamente la tarea de priorizar a los demás, relegarse a un segundo plano y mostrarse siempre dispuestas y complacientes. Por eso, cuando una mujer no tiene un hogar, suele percibirse como si hubiera “caído demasiado bajo” o como si arrastrara algún defecto personal, expresan las cinco entrevistadas.
Sobrevivir desde lo colectivo
Pese a todas estas dificultades, los espacios compartidos con otras que han vivido situaciones similares, es “un pilar clave para la reversión de las situaciones de exclusión residencial”, reza el estudio.
En última instancia, encontrarse con otras mujeres en la misma situación no solo rompe el aislamiento, sino que convierte la experiencia individual en una fuerza común. De esa unión surge la capacidad de reconocer las heridas que deja la desigualdad estructural. Al mismo tiempo, se pueden transformar en una herramienta política con la que cuestionar y disputar el lugar que la sociedad les ha impuesto.


